domingo, 7 de octubre de 2007

CUENTO 6: LOS ÁRBOLES SOLIDARIOS

PRESENTACIÓN

-Abuela, cuando sea mayor, ¿me acordaré de todos los cuentos que tú ahora me cuentas?

-¡Claro que te acordarás!, porque yo todavía me acuerdo

-Es que son muchos los cuentos que me has contado y todavía me cuentas.

-Sí que son muchos, pero parece que nunca se olvidan, los cuentos que las abuelas nos cuentan.

-Pues cuéntame otro cuento, abuela, de los que parece que nunca se olvidan y que a ti te contaba tu abuela.

-Te voy a contar otro cuento que siempre recordarás como “otro cuento de la abuela de los que empiezan por eso”




Había una vez, comenzó la abuela su cuento, un parque muy grande, en una ciudad llamada Fuentesaúco.
Plantas aromáticas, claveles, margaritas y pensamientos cubrían el suelo.
Rosaledas y arbustos formaban arcos y setos de figuras y, en lo alto, grandes copas de álamos, chopos, acacias y olmos adornaban el parque.
Los pájaros anidaban en sus ramas.
La hormigas trepaban por su tronco y entre su corteza se ocultaban las musarañas.
En el lago redondo nadaban los patos.
En el aire, las mariposas revoloteaban y los niños jugaban entre columpios y toboganes.
La estaciones pasaban cada año por el parque dejando lo bonito de cada una
Inviernos blancos, silenciosos y fríos.
Veranos calurosos y sombreados.
Primaveras llenas de verdor y colorido y otoños cubiertos de hojas multicolores.
De aquí para allá trabajaban los jardineros, manteniendo el parque cuidado y limpio.
Con sus mangueras y cortacésped daban frescura y verdor al parque.
Con sus rastrillos limpiaban la hierba y con la sierra podaban las ramas.
El parque era la alegría de la ciudad de Fuentesaúco.
Desde sus copas, los árboles se divertían y observaban la alegría de los niños entretenidos con sus juegos.
Miraban a los mayores descansar bajo su sombra y, a lo lejos, seguían los pasos de sus amigos los jardineros.
Había llegado el otoño y sus verdes hojas de primavera y verano
comenzaban a cambiar de color.
Poco a poco iban cayendo y, amontonadas, cubrían el suelo.
Un día, el olmo más antiguo del parque, había observado el trabajo que, sus amigos los jardineros, tenían que hacer en la época del otoño.
Durante horas tenían que barrer y barrer para dejar limpios de hojas los paseos y las plazas del parque.
Su preocupación, la hizo llegar al resto de compañeros que lo comentaron entre ellos.
-Es que nosotros, dijeron los chopos, somos ¡tan altos! y tenemos las hojas ¡tan grandes!...

-Tienes razón, dijo el olmo, pero esto no es culpa de uno sólo.
Nosotros, como las acacias, tenemos hojas pequeñas pero, por esto, se meten por todas las partes y son difíciles de recoger.

-Bueno, bueno, insistió el olmo. El caso es que, nuestros amigos los jardineros, tienen que trabajar mucho.
Todos intervenimos en la caída de las hojas y todos debemos colaborar y echar una mano.

-Tienes toda la razón, dijo la acacia, pero ¿cómo podemos colaborar?

-Primero debemos pensarlo y entre todos veremos cómo podremos ayudar.

Esa noche recibieron todos un aviso del olmo veterano.
La nota decía:

“En medio del silencio de la noche y lejos de la vista de los humanos, cada uno sacudirá sus hojas en el mismo lugar”

Por las mañanas, los jardineros, cuando llegaban al parque, quedaban admirados al contemplar el trabajo ya hecho.
Un gran montón de hojas se almacenaba en un lateral del parque
.

-No os extrañéis tanto, comentó Adrian H., el mayor de los jardineros. Ha sido el viento que por la noche ha amontonado todas las hojas.

-Tienes razón, dijo Alberto.
¡Cuántas veces, hemos recogido las hojas amontonadas por los aires fuertes de esta estación!

-Muchas veces, dijo en voz baja David R. que se incorporaba al grupo de jardineros.

-Tenéis razón, intervino Sandro.
Otras veces el aire las ha arrastrado y hasta las ha arremolinado, pero nunca he visto que el aire las pusiera en un solo montón como ahora.
El aire nunca nos ha hecho esto.

El silencio de los jardineros, reunidos aquella mañana, se hacía cada vez más largo.
Por unos momentos habían querido dar la razón al jardinero mayor, pero el razonamiento de su compañero Sandro les había hecho guardar silencio.

-Pues, habrán sido las aves nocturnas que nos han querido ayudar, comentó Alejandro J., mientras reía la gracia que, poco a poco, seguían sus compañeros.

-Yo he leído en un libro, dijo, muy serio, Alejandro M., que el Mago de los Bosques hacía cosas parecidas.

-Pues yo también he leído, dijo Marcos, que, una vez, el Mago de los Bosques reunió a todos los árboles para que el incendio no les quemara.
Y otra vez les dio una sustancia mágica para que pudieran dar más madera en los bosques.

-Entonces, dijo David T, ¿Por qué no puede ser que el Mago de los Bosques, haya reunido todas las hojas en un solo montón?

-Sí, dijo de nuevo Sandro en tono de broma.
Y pueden ser también los duendes o las brujas o los hechiceros o...
-¡Bueno! ¡bueno!.
Dejémonos de bromas y fantasías, dijo Alejandro V. que quería terminar la conversación.
-Hay que vigilar el parque, intervino Alex B.

-Desde mañana, dijo José R., observaremos durante el día y, por la noche, estaremos atentos “a lo que pasa”.

-Mañana vigilaré yo, dijo Adrián G.

-No, dijo Adolfo.
Es una cosa de todos y todos debemos estar atentos.

Esa noche los árboles siguieron su turno.
Uno a uno fueron saliendo, como siempre, para sacudir sus hojas.
Pero un olmo, de los más viejos del parque, se quedó dormido.
Cuando estaba amaneciendo y se dio cuenta que era ya tarde, salió corriendo para sacudir sus hojas.

A lo lejos fue observado por
Álvaro, Miguel y Jorge, los jardineros más madrugadores.

Ocultos entre los arbustos y llenos de admiración por lo que veían, pudieron darse cuenta cómo, el olmo, volvía de sacudir sus hojas y se colocaba silencioso en su sitio.
Cuando sus compañeros fueron llegando, les contaron lo que habían visto.
Pronto la noticia corrió por el parque y los jardineros se juntaron.

- ...Y vimos, comentó Álvaro, cómo el olmo, se sacudía las hojas y corriendo volvía a su sitio.
Jorge, Miguel y yo, nos acercamos a su lado y, al verse descubierto, nos lo contó todo.

Lo hacemos por vosotros, nos dijo. ¡Tenéis tanto trabajo!

Los jardineros se miraban unos a otros, mientras escuchaban emocionados lo que Álvaro les contaba.

Llenos de alegría, los jardineros dieron las gracias a sus amigos.
Invitaron a todo el parque y, juntos, celebraron una fiesta que hoy recordamos como
“Día del Árbol”.
Y colorín colorado este cuento se ha terminado

sábado, 15 de septiembre de 2007

CUENTO 5: EL LIBRO QUE PERDIÓ LAS VOCALES

PRESENTACIÓN

-Abuela, ¿cómo se hace un libro?

-Igual que se hace una casa,contestó la abuela.

-No entiendo, dijo el nieto un poco extrañado. En el libro no hay ladrillos ni hay tejas, ni...

-No hay nada de eso, le cortó la abuela.

-Un libro lo escribe un señor, como el arquitecto dibuja la casa.
Después, se lleva a un lugar llamado imprenta y de allí sale lo que nosotros llamamos libro con unos dibujos bonitos y una letra negra o de colores que en la imprenta han elegido.

-Y las letras del libro ¿están pegadas?

-No, contestó la abuela.
Las letras están hechas con la tinta que tienen las máquinas de la imprenta. No se pueden despegar.

El nieto quedó un poco pensativo.
La conversación con la abuela le había dejado una pequeña duda, pero el cuento de
su profesora había sido muy bonito.

-Hoy, dijo el nieto, después de un rato en silencio, te contaré yo un cuento de los que empiezan por eso.

-Seguro que me gustará, dijo la abuela. Y, si encima comienza por eso...
Cuéntamelo pronto, que tengo ganas ¡de verdad!.



Érase una vez, comenzó el cuento el nieto, un libro llamado SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO”










Era pequeño, bonito y regordete.
Vivía en una estantería de madera que había en una de las clases de tercero de Primaria.
Tenía una portada blanca con dibujos de colores muy bonitos.
Era un libro muy amigo de los niños de tercero.
Todos habían mirado muchas veces su bonita portada, sus dibujos de colores y lo habían llevado a sus casas para saber de qué trataba.
Un día cuando el libro dormía muy pegado a la madera de la estantería, las letras vocales fueron despegándose poco a poco y salieron fuera del libro.
Estaban cansadas de estar tanto tiempo pegadas a las páginas y habían decidido salir a conocer otros lugares.
Saltando de un libro a otro, fueron bajando de la estantería hasta llegar al suelo.

Recorrieron, durante un rato, toda la clase, observando los dibujos que tenían las paredes.

La A, que era muy observadora, se quedó un rato mirando el mural del árbol mágico que habían hecho los niños
La E se divertía jugando con el teclado del ordenador
La I, que era la más juguetona, se entretenía colgándose y saltando entre las perchas que había en la clase.
La O, escribía en la pizarra con tizas de colores. La U, sentada en la silla del profesor, descansaba del largo paseo que había dado recorriendo la clase.
Al final, todas decidieron salir a la calle.

- ¡Qué luces más brillantes!, dijo la A señalando la luna y las estrellas.

- ¿Y esos dos colores?, dijo la I, mientras miraba a un lado de la calle.

- Eso lo conocemos muy bien nosotras tres, dijo la O, señalando a la A y a la E.
Es un sEmÁfOrO y sirve para indicar cuándo se puede atravesar la calle.

Durante un rato muy largo caminaron mirando los coches que pasaban, las farolas que iluminaban y las casas donde dormían los niños y niñas de su colegio.
Cuando amanecía, las letras corrieron a esconderse debajo de las piedras de un parque que había cerca de donde estaban.
No querían que, con la luz del día, les pudieran ver andando por la calle.

Ese día, en la biblioteca, el libro de “SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO” se despertó muy pronto.
Iba a ser la hora de la entrada de los niños y niñas al colegio y él, como siempre, quería estar preparado.
Cuando llegó la hora de biblioteca, varias niñas se acercaron.
Teresa, fue la primera en cogerle entre sus manos. Pero cuando miró su portada quedó muy extrañada.
- !Le faltan las vocales!, exclamó en voz baja.
Miró a su alrededor y no supo que decir.
Dejó el libro donde le había cogido y se marchó a su mesa extrañada de lo que había visto.

Lucía y Clara hicieron lo mismo, pero no pudieron estar en silencio y se lo contaron a sus amigas.
- Mirad, dijeron las dos a la vez.
Al libro, SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO, le faltan las vocales.
- ¿Qué habrá pasado?, dijo Laura M..
- Si existen los magos, contestó Lucía, esta noche el Mago de la Letras ha hecho desaparecer las vocales.
- Y ¿si no existen los magos?, preguntó Claudia.
- Pues una goma mágica ha borrado todas las vocales, dijo Clara.
- ¡Pobre libro!, dijo muy triste Ana.
¡Con lo amigo que éramos de él y la historia tan bonita que tenía!
- Ahora, Sergio no va a poder seguir contando su historia, dijo Laura I., con cara de preocupación.
- ¿Por qué?, preguntó Lucía.
- Porque no se puede leer si le faltan las vocales
- Y nosotras ¿qué podemos hacer?, volvió a preguntar Lucía.
- Nada, contestó Laura M. Dejarle otra vez en su sitio. A lo mejor el Mago de las Letras le devuelve las vocales.

Sara, que había oído la conversación, se levantó de su mesa y cuando le dejaron en la estantería, le cogió y se dio cuenta de lo que había oído.
- ¡Es verdad! ¡Han borrado todas las vocales!, murmuró en voz baja, mientras abría el libro y miraba una por una todas las hojas.
Cuando terminó de verlo, volvió de nuevo a la portada y pasó el dedo sobre las consonantes.
- No se nota nada, pensó.
Todo está muy liso.
No han borrado las vocales, ni tampoco las han arrancado.
Pero ¿qué habrá pasado?, se preguntó.

Extrañada de lo que estaba viendo y, sin saber dar una respuesta, dejó el libro donde estaba y se volvió a su mesa.

La hora de la biblioteca iba terminando y el libro se daba cuenta que algo estaba pasando.
“Los niños, pensaba el libro, se acercan como siempre a la biblioteca, me cogen entre sus manos, miran mi portada, me hojean un poco por dentro y de nuevo me cierran y vuelven a dejarme en mi sitio”.

Intentó colocarse bien en la estantería, procuró estar lo más aseado posible, pero cuando fue a limpiarse unas pequeñas motitas de polvo que tenía, se dio cuenta de lo que pasaba.

- ¡No tengo vocales!, exclamó.
¡Me han robado las vocales!
¡Ya no valgo para nada!.

Por unos momentos se acordó de la visita que los niños le habían hecho durante la mañana y se dio cuenta por qué había notado algo raro.
Unas lágrimas de tristeza le cayeron por su portada. Pero no tardó en darse cuenta que, aunque era muy triste verse sin vocales, él solo tenía que dar una solución.

Esta noche, pensó, saldré en busca de mis vocales.

Cuando la clase se cerró y los niños habían salido del colegio, el libro SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO, salió corriendo en busca de sus vocales.
Caminó por la calle, mirando a una parte y a otra, cruzó el semáforo de la esquina del colegio y entró en el parque de la Marina.
Dentro, fue mirando entre los árboles y los arbusto por si veía alguna huella de sus vocales.
Miró uno por uno los asientos del anfiteatro, se subió al tejadillo de la pequeña caseta de los jardineros y, cansado de tanto caminar, se sentó en uno de los bancos del paseo que llevaba al recinto ferial.
Pensando en sus vocales y triste por no poderlas encontrar, se quedó un poco dormido.
El ruido de unos pasos, que caminaban silenciosos, le despertaron.
Abrió los ojos y muy cerca de él vio a sus vocales que, arrepentidas de lo que le habían hecho, volvían de nuevo al colegio.
El libro se escondió detrás del banco.
Quería saber lo que decían.

- Ha sido una experiencia, pero no debemos hacerlo más, comentó la A, mirando a sus compañeras.

-¡Pobre libro!, suspiró la E.

¡Con lo orgulloso que estaba cuando los niños le cogían entre sus manos!

-¡Qué día más malo habrá pasado!, dijo la I, con cara de pena.

-Y la culpa la tenemos nosotras, comentó en voz alta la O.
Démonos prisa antes de que amanezca, para pegarnos cada una en su sitio.
-Mañana va a ser el libro más feliz de la biblioteca, dijo la U, llena de alegría.

Todos los niños le podrán coger entre sus manos, hojearle por dentro y, si quieren, llevarle a su casa.

En medio de este diálogo, el libro salió del banco.
Las vocales se sorprendieron al verle y se quedaron paradas.

- No soy un fantasma, dijo el libro sonriendo.
Soy vuestro amigo que he salido a buscaros y me alegro de encontraros y de haber oído vuestra conversación.

Las vocales, arrepentidas de lo que habían hecho, se echaron en brazos de su amigo el libro prometiéndole que jamás volverían a repetirlo.

-Nosotras tenemos la culpa de lo mal que lo has pasado.

-No, dijo el libro.
Aquí nadie tiene la culpa.

Todos nos necesitamos.
Las consonantes están tristes pero ahora se alegran de volveros a ver.
Siempre hemos sido buenos amigos y lo seguiremos siendo.
Corramos antes de que amanezca.
Tenemos que estar preparados en la biblioteca.

Pegadas al libro, salieron todos juntos hasta el colegio.
Entraron en clase por una ranura de la puerta y de nuevo se colocaron en la estantería.
Allí esperaron la entrada de los niños y la hora de la biblioteca.

Con alegría vieron cómo todos se iban acercando y sin poder explicárselo volvían a ver las vocales en el libro de SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO.
-Ya te dije, comentó Laura M. al oído de Lucía, que el Mago de las Letras había robado las vocales pero que un día las devolvería a su sitio.

-Me da lo mismo que sea el Mago de las Letras o la Goma Mágica, dijo Lucía, el caso es que tenemos de nuevo en la biblioteca a nuestro amigo el libro de SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO.
Y colorín colorado este cuento ha terminado.

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-Abuela, ¿te ha gustado el cuento?

-Es muy bonito, dijo la abuela a su nieto mientras le besaba y acariciaba su cara.
Pero las vocales eran un poco traviesas, ¿no?

-Bueno, contestó el nieto.
La profesora nos dijo que era mucha imaginación pero que los cuentos son así.

-Y, los nombres de las niñas que aparecen en el cuento, ¿también son imaginación?

-No, contestó el nieto.
Es el nombre verdadero de todas las niñas que había en tercero cuando la profe nos contó el cuento.

-¡Ah!, exclamó la abuela mientras volvía a besarle y acariciar su cara.
Mañana te contaré yo el cuento.
Y será también de los que comienzan por eso


















domingo, 17 de junio de 2007

CUENTO 4: LAS PALOMAS TIENEN UN PLAN

PRESENTACIÓN

- Abuela, hoy me han contado un cuento que no comenzaba por eso.

- Pero, ¿te ha gustado el cuento, aunque no comenzara por eso?

- Sí que me ha gustado. Pero me siguen gustando los tuyos, porque comienzan por eso.

- Abuela, ¿sabes por qué el cuento que me han contado no comenzaba por eso?

- Porque los cuentos no siempre tienen que comenzar por eso.

- No, abuela.
No comenzaba por eso, porque no me lo han contado como tú me cuentas los cuentos.

- Pues ¿cómo te lo han contado?

- Me lo han contado leyendo.

- ¡Ah...!
Pues hoy, te contaré un cuento que comience dos veces por eso.


Érase una vez que se era, comenzó la abuela el cuento, un boticario, que vivía en un pueblo de Castilla.
Desde pequeño, le habían gustado los animales, pero su afición preferida eran las palomas.
En casa había construido un cobertizo donde podían anidar y revolotear encima del tejado.
Pero había pasado mucho tiempo y el espacio quedaba pequeño.
Eran ya muchas las palomas.
Durante muchos días estuvo buscando soluciones.
Pensó en aumentar el cobertizo.
No le parecía mal que anidaran en el tejado de su casa o regalar algunas de las parejas a sus amigos.
Todas eran posibles soluciones, pero solamente una no se le quitaba de la cabeza.
Construiré un palomar, pensó.
Era la ilusión de su vida.
Esa noche, dibujó el palomar que siempre había deseado y habló con
los albañiles.
Estos escucharon sus explicaciones y pronto se pusieron a trabajar.
El boticario visitaba todos los días las obras, opinaba sobre los materiales y daba pequeñas instrucciones sobre lo que iban haciendo.
Poco a poco fueron subiendo las paredes, se pusieron las últimas tejas y, en unos días, pudo verse, desde el pueblo, “el palomar del boticario”.
Sus paredes, de adobe, estaban pintadas de blanco y, su tejado, de color rojo, parecía, a lo lejos, una carpa de feria.
Pequeños huecos alrededor, eran la entrada y salida de las palomas y un alero de madera serviría de cobijo a los gorriones.
En el interior harían sus nidos, incubarían sus huevos y cada año, dos nuevas crías, volarían para formar parejas.

Era su ilusión y el sueño del boticario se había hecho realidad.

Al principio eran sólo un grupo pequeño de palomas pero fueron pasando los años y se fue llenando el palomar.

Cada mañana grandes bandadas volaban sobre los campos.
En verano, revoloteaban sobre las grandes cosechas, picoteando la espiga y, en otoño, escarbando la tierra, buscaban el grano sembrado en la sementera.

Muy cerca del palomar vivía el guarda de aquellas tierras.
Vigilaba que los pastores, con sus ovejas, respetaran los sembrados, que las personas, en verano, no cazaran atravesando las cosechas y, cuando le necesitaban, ayudaba a los labradores que se lo pedían.

Un día los labradores de aquellas tierras se reunieron.
Querían hablar del palomar.
Hacía mucho que venían observando que las bandadas de palomas perjudicaban sus campos.
- Tendremos que hablar con Jenaro, dijo uno de los labradores.
Él es un buen cazador y podrá dar solución a nuestro problema.


- ¿Hablar con un cazador?
Creo que habrá otras soluciones, intervino Lucio un poco asustado.


- Nadie ha hablado de matar.

- Creo que debemos hablar primero con el boticario, dijo el labrador más joven.
El palomar es de él.


- También podríamos hablar con el guarda.
Vive cerca del palomar y seguro que nos puede echar una mano.

El guarda escuchó a los labradores y esa noche pensó lo que podría hacer.
Por la mañana subió al desván, cogió ropa vieja, la rellenó de paja y formó tres espantapájaros
Al día siguiente madrugó y, antes que las palomas salieran en bandada, colocó los espantapájaros.

Oculto entre pequeños arbustos esperó el resultado. En el tejado, una paloma observó los movimientos y rápidamente avisó a sus compañeras.
- El guarda nos quiere engañar, les dijo.
Os aviso que no son hombres, son espantapájaros.

Las palomas salieron en bandada, revolotearon un poco encima de los muñecos de trapo y bajaron a comer los granos de trigo.


El guarda, asombrado de lo que veía, salió corriendo de su escondite, mientras las palomas levantaban el vuelo hacia el palomar.
- Estas palomas no tienen miedo de nada, pensó.
Mañana, pondré la red y cuando vean que pueden caer en ella, no picotearán las espigas.

Una nueva vigilante observó cómo estiraba la red sobre la tierra y avisó a sus compañeras.
Como siempre, las palomas, salieron en bandada pero ahora en dirección contraria.


El guarda abrió los ojos sin querer creer lo que veía.
- ¿Por qué no vienen a la tierra de todos los días?, se preguntaba.
Yo no puedo hacer nada, pensó desilusionado.
Hablaré con los labradores y ellos verán lo que hacen.

Por la noche, los labradores tuvieron una nueva reunión.
Todos estaban de acuerdo que no debían llamar a Jenaro el cazador. Pero también estaban de acuerdo que el guarda lo había intentado todo.

- Nos queda una solución, dijo el labrador más joven.
Hablaremos con el boticario. Le expondremos nuestro problema y seguro que nos dará una solución.

El boticario, como dueño del palomar, no quería hablar de cazadores pero comprendía que sus palomas eran un problema para aquellos pobres hombres.
- No os preocupéis, les dijo.
Todos los días, las llevaré un saquito de trigo para que puedan alimentarse y llenaré su pequeño estanque de agua.
En los agujeros de salida pondré una red y el problema estará solucionado.

Todos los labradores aplaudieron la decisión del boticario.

Al día siguiente, los albañiles, que habían construido el palomar, se encargaron de poner las redes en los huecos de salida y el boticario, en sus paseos de la tarde, echaba en los comederos del palomar los granos de trigo que llevaba en un saquito.

La tranquilidad había llegado a los labradores. Pero la intranquilidad había entrado en el palomar
- Así no podemos seguir, comentó la más joven de las palomas. Nuestro dueño nos alimenta, pero nosotras necesitamos aire

- A todas nos gusta beber en el agua corriente del arroyo.

- Nuestras alas necesitan movimiento, dijo otra de las palomas, y, así, nuestras crías no pueden aprender a volar.
La paloma más veterana revoloteó hasta lo alto de una de las vigas del palomar, mientras pedía silencio.
- Hay que hablar de una en una, dijo.

- Yo tengo un plan, comentó la más lista de las palomas.

Todas miraron, sorprendidas, hacia uno de los rincones del palomar.
“La intelectual”, como la llamaban todas, había hablado.

- Los labradores, dijo, han recogido casi toda la mies. Pero en sus tierras quedan muchas espigas y granos sueltos. Debemos trabajar como las hormigas.
Todos estaremos contentos y en invierno no nos preocupará ni el frío ni la nieve.

Esa noche salieron, en pequeños grupos, por el único hueco que no había tapado la red.
Tierra por tierra fueron cogiendo las espigas sueltas que habían quedado después de la siega y en vuelo rápido volvían al palomar.
En el interior las iban dejando hasta formar grandes montones.
Una de las tardes en la que el boticario aprovechaba su paseo para visitar el palomar llevó una gran sorpresa.
En las vigas más altas le esperaban las palomas silenciosas, observando la cara de satisfacción que ponía su dueño mientras miraba los montones de espigas.
El boticario quedó quieto en la puerta asombrado con lo que veía.
Miró hacia arriba del palomar y rápidamente se dio cuenta de lo que querían decirle con aquel silencio.

Lleno de alegría salió corriendo a decírselo a los labradores para que vieran lo que habían hecho las palomas.

Todos juntos volvieron al palomar para quitar la red.
Las palomas no volverían a picotear sus espigas ni escarbarían el grano sembrado en la sementera.


Al día siguiente amaneció alegre para todos.
Las palomas de nuevo salieron en bandadas a revolotear en el aire, a beber en el agua corriente y a recoger los granos sueltos que habían quedado después de la siega.
Los labradores dejaron de sentir el miedo de todos los años y el boticario volvió a sentirse orgulloso de su palomar.

Y colorín colorado este cuento ha terminado.

viernes, 8 de junio de 2007

CUENTO 3 : EL CUENTO DE LOS CUENTOS

PRESENTACIÓN

- Abuela,¿hay que ser mayor para escribir cuentos?

- No.
Yo cuando era pequeña ya escribía cuentos.

- Y, ¿cómo eran los cuentos que tu escribías cuando eras pequeña?

- Eran cuentos como los de ahora y como los de siempre.
Un cuento siempre es un cuento.

- ¿Por qué dices que un cuento siempre es un cuento?

- Porque cuando escribes un cuento…

- Mira, dijo la abuela, te voy a contar un cuento que es resumen de muchos cuentos.

- No entiendo cuando me dices: “un cuento resumen de muchos cuentos”, pero cuéntame ese cuento que es resumen de muchos cuentos.


Había una vez, comenzó la abuela el cuento, una clase de 24 niños y niñas, que estudiaban en un colegio muy cerca de Madrid.

Todos habían comenzado el curso de 4º de primaria con 9 años y poco a poco habían ido cumpliendo los 10.

Su ilusión por la lectura les había llevado a conocer y leer muchos libros.
Les había gustado mucho el de BELTRÁN EL ERIZO, porque, aunque era un poco protestón, se daba cuenta que no merecía la pena estar enfadado.
Recordaban muy bien el EL SUPERZORRO con la cantidad de peripecias que habían tenido con Bufón, Benito y Buñuelo
No olvidaban el libro de PELINES por sus anécdotas curiosas y simpáticas.
Ni el de LAS GAFAS DEL LEÓN, por las aventuras en busca de las gafas del viejo león.
Ni el de LA AMIGA MÁS AMIGA DE LA HORMIGA MIGA por su amistad con la jirafa,
De todos ellos y muchos más como: BELTIBERIOS Y ZAMBRANIOS,LOS ÚLTIMOS OSOS POLARES y su amigo SERGIO QUIERE IR AL COLEGIO, habían escrito su pequeño comentario.
Habían dado su opinión y, por su cabeza, había pasado poder escribir, también ellos, su grande o pequeño cuento.

Un día, durante la clase de lenguaje, daban como tema “EL CUENTO”.
El profesor les había explicado qué era el cuento, las partes que tenía y cómo solía comenzar y terminar un cuento.
Todos tenían muchas ganas de escribir su primer cuento.
Por eso al final de la clase, entre todos, comentaron cuál sería su título preferido.

El profesor les comentó que el título no era lo más importante.
También les dijo que muchos escritores ponían el título cuando habían comenzado el libro, otros a la mitad y algunos cuando ya lo habían terminado.
Lo que tenéis que pensar muy bien, les había explicado su profesor, es de qué va a tratar el cuento.
Durante el resto de la clase cada uno expuso algo de lo que iba a tratar su cuento.

Al día siguiente comenzaron a escribir y en dos días terminaron su primer cuento

Laura I en su cuento las vocales traviesas utiliza como protagonistas a esas pequeñas letras del abecedario.
Su historia se desarrolla saliendo del libro y disfrutando el día en la piscina y en el zoo.
Comieron en un chino y por la tarde se fueron al cine y después de merendar se entretuvieron en el parque jugando en el balancín, en los columpios y en el tobogán.
Todo termina comiendo torrijas en casa de una de las vocales.

Alejandro V. nos habla de unas letras que se escaparon porque el libro era viejo y querían ir en busca de otra biblioteca, pero antes tendrían que encontrar la Cima donde estaba esa biblioteca.
Después de mucho caminar y pasar hambre encontraron una granja. Entraron y allí pasaron el invierno.
Cuando llegó el verano encontraron por fin la Cima donde pudieron coger un libro nuevo.
Al final volvieron a casa felices con su nuevo libro.

Claudia también utilizó como protagonistas a las vocales en un viaje de vacaciones de Semana Santa en Nerja.
Por el camino les pilló una tormenta con lluvia, granizo y truenos.
Cuando llegaron fueron a la procesión del Cristo de Nerja.
Al día siguiente se fueron a la playa. Comieron en casa y vieron una película.
En la procesión de la tarde vieron cómo bailaban a la Virgen y al Cristo.
Después de varios días en Nerja volvieron a Madrid muy felices.


Alvaro prefirió hablar de la luna.
Como protagonistas, unos niños que vivían en la luna y encontraron un huevo de extraterrestre. Como desarrollo, la lucha entre extraterrestres que duró 20 años.
Y como final, la población de la luna disminuida.

Teresa describió en su cuento el sueño de Paquito bajito que vivía en una casita de madera.
Un día se fue a la playa con su padre Pacón, su madre Paca y su hermana Paquita.
En la playa, jugando con la pelota, se le perdió en el mar y Paquito el bajito, se fue nadando lejos, lejos, lejos, hasta que se perdió.
Cuando ya estaba a punto de ahogarse oyó una voz que le decía: Paquito despierta.
Era la voz de su madre.
Paquito se despertó y se dio cuenta que había sido un sueño.

Alejandro B. eligió los coches como protagonistas.
Dos hermanos tenían dos coches, que los tunearon a su gusto: los asientos, el volante, el chasis y los colores de la carrocería.
Un día se fueron a Italia donde participaron en una carrera.
Los dos la ganaron.
El hermano mayor quedó el primero y el hermano pequeño quedó el segundo.
Al final volvieron a casa con mil novecientos noventa euros.
Compraron gasolina.
Compraron nuevos coches: (Gallardo, Golf GTI, Mercedes, Murciélago...
Participando en carreras que siempre ganaban...
Al final siguieron toda su vida de carrera en carrera...

David R. escribió el cuento del equipo Juventud Sanse”.
Como protagonistas, los jugadores del Juventud Sanse.
Como desarrollo, el enfrentamiento del Juventud Sanse contra el Carranza, el Fuencarral y el Alcobendas...
El desenlace, el equipo Juventud Sanse, estaba contento porque siempre ganaban, porque trabajaban en equipo y porque el público estaba alucinado y sorprendido por la copa que habían ganado.

Marcos, trabajando con la fantasía se imaginó como protagonistas a una familia de investigadores que tenían la piedra fuego y a otra familia escondida que tenía la piedra cascada.
Entre ellos lucharon por la piedra que no tenían pero al final decidieron separarse.
La familia de la piedra fuego se marchó al Polo Norte para ayudar a los barcos enganchados en el hielo y la familia de la piedra cascada se marchó al desierto para ayudar a los hombres deshidratados.

Alberto, con el título: Noche en la Torre del Terror, da un repaso a todas las letras del abecedario poniéndolas de protagonistas, en un viaje que hacen a Londres para ver cosas de allí.
Subieron a la torre del terror que se había convertido en cárcel. Vieron también la sala de las torturas y una sala con la ventana abierta donde según les contaron encerraban a los príncipes.
Durante la visita tuvieron muchas aventuras, principalmente la M y la N a las que un verdugo de la torre las encerró en una jaula.
Al final uno de los señores las mandó al futuro y al verdugo le mandaron al pasado.

Clara nos cuenta la historia de dos gotas de agua, llamada Laura y Lucía, que un día deciden irse a Marte.
Allí encontraron un castillo de chuches, una tarántula viva de chocolate y arañitas de fresa.
Después de explorar todo el planeta, decidieron hacer un bufet donde invitaron al marciano glotón, al marciano bebé, a flanita la dormilona y a pete el mocoso.
Los marcianos también las invitaron y se hicieron regalos
Al final muy contentas se volvieron a casa.

Adolfo escribió un cuento de misterio.
Los protagonistas eran una familia con tres hijos y tres hijas.
Se trataba de una casa rara en la que pasaban cosas extrañas y un lago mágico.
La casa era mágica porque estaba llena de letras por todas las partes.
El final se trataba de la preocupación de la madre por su hijo Diego que tardaba en llegar a casa, pero todo se solucionó.
Mientras llegaba su hermano Diego, los dos más pequeños comenzaron a pensar en el regalo del día de la madre.

Laura M. escribió su cuento de las vocales.
Un día se escapan del libro que habían tenido toda la vida y se van a la feria, donde pasan un dia lleno de aventuras.
Cuando se dan cuenta que el libro estaba muy triste comienzan a sentirse muy mal y para hacerle un regalo le llevan a Marina Dor, donde con el libro pasan unos dias maravillosos.
Al final se dan cuenta que tienen que volver al colegio.
Y así lo hicieron muy contentas.

Miguel escribió el cuento de un libro de la NBA al que se le escaparon las letras y se fueron a jugar a un campo de baloncesto donde entrenaban famosos como Jordan y Paul Gasol.
El libro y las letras consonantes se quedaron muy tristes y pidieron a los jugadores que les ayudaran a buscarlas. Durante semanas y semanas estuvieron buscándolas. Un día les dijeron que se habían marchado a China. Todos se fueron a China pero no estaban. Dieron la vuelta al mundo y al final las encontraron en América. Las metieron en el libro con las consonantes y todos fueron muy alegres y felices.

Sara también utilizó las vocales como protagonistas.
Un día llevadas por la curiosidad siguieron detrás de un camión que las llevó a un lugar donde había mucha gente con cámaras y micrófonos alrededor de un cohete.
Después de mucho diálogo decidieron subirse y las llevó al Planeta Verde.
Un granjero del Planeta Verde les enseñó todo lo que él tenía: la granja y los animales. Y hasta las invitó a comer.
Siguieron caminando por el Planeta Verde y encontraron un río muy limpio y un bosque sin basura...todo muy limpio.
Cuando salieron del bosque se dieron cuenta que el cohete despegaba. Montaron y volvieron al Planeta Tierra.
Después de viajar mucho por el Planeta Tierra se dieron cuenta que se aburrían y decidieron volver al Planeta Verde, donde son muy felices.

Adrián G., también las vocales le sirvieron de tema para su cuento.
Un día se cansaron de estar siempre en el libro y se escaparon por la calle. También se cansaron y decidieron ir a la playa. Montaron en una paloma que voló y voló hasta llegar a la playa.
Se bañaron, fueron de tiendas de regalos y comieron chucherías.
El lunes pensaron que había colegio y que tenían que volver.
Por la noche se montaron en una gaviota y se metieron de nuevo en el libro.
Había sido un fin de semana genial.

El cuento de Alejandro M, tenía una fantasía de extraterrestre.
El protagonista era un marciano que se entrenaba con naves en el ciber-espacio, pasándole muchísimas aventuras.
Un día cogió la nave que tenía menos gasolina y cayó en picado sobre la Tierra.
Cuando despertó estaba en un hospital.
Intentó arreglar la nave pero la pieza que faltaba había que pedirla Júpiter.
Al final termina arreglando la nave y volviendo a casa sin querer hacer más viajes por el ciber-espacio.

Alejandro J. eligió como protagonistas de su cuento a una bandada de cuervos que tenían una cosa increíble, eran multicolores.
Con muchas aventuras, volaron por todo el mundo en busca de una cuerva que es lo que querían.
Al fin la encontraron. Era también multicolor.
El cuento termina explicándonos por qué los cuervos son negros.
En una de estas aventuras volaron muy alto, muy alto, quedando atrapados por los rayos del sol. No se quemaron del todo pero como se habían acercado tanto se habían quemado un poco y se habían puesto negros.
Por esto todos los cuervos son negros

Ana se inventó un viaje a Marte con dos protagonistas que trabajan en la NASA.
En Marte encuentran a Micael que les pide ayuda porque su planeta se ha salido de órbita.
Empujan con su nave. Se les estropea uno de los dos motores. Apartan las estrellas que se lo impedían. Atan con cuerdas a Marte para ponerle en sitio y al final logran, después de mucho esfuerzo, colocar a Marte en su órbita.
Su amigo les dio las gracia y les dejó su nave espacial para volver a la Tierra
Cuando llegaron a la tierra todo el mundo quedó impresionado…

José Ramón pone de protagonista a un niño que era adivino.
Un día dijo a sus padres qué número saldría en la lotería y les tocó.
Otro día adivinó que iban a dar un atraco. Avisó a la policía y acertó.
La policía le dijo que trabajara para ellos.
En poco los atracos y los robos se habían convertido en un juego porque el niño adivino se lo decía a la policía y arrestaban a todos los delincuentes....
El cuento se desarrolla con muchas aventuras del niño adivino y sus compañeros que también deciden ayudar a la policía.
Pasaron treinta años y el niño adivino era policía
Pasaron otros treinta y era ya abuelo.
Cuando llegó a los ochenta y dos se sentía como un chaval.
A los noventa años se sentía un poco mayor y a los cien murió por causas naturales.

Jorge se inventó como protagonistas a tres amigos que un día estaban jugando en el parque y de repente el cielo se puso oscuro y un viento muy fuerte comenzó a mover todo lo que había a su alrededor.
Todos pensaron que era un terremoto y corrieron a sus casas a decírselo a sus padres. En casa vieron por televisión que era un terremoto.
Jorge y su familia hicieron las maletas y se fueron a Plutón. Allí pensaban encontrar otra vida mejor.
En el planeta Plutón, aunque había gente rara, hicieron muchos amigos y les regalaron telescopios para poder ver la Tierra y saber cuando terminaría el terremoto. Al final, los dioses hicieron magia y pararon el terremoto.

Adriá H nos cuenta un cuento en el que él y su amigo Sandro son los protagonistas.
Un día toman un Danap y les toca unas vacaciones "Alicante".
Se compraron una casa en la playa e hicieron muchos amigos.
Se bañaron por la tarde porque por la mañana había bandera roja. Conocieron una mañana Orihuela que les pareció maravilloso.
Cada día lo utilizaban para ver lugares y cosas diferentes hasta iban al gimnasio a correr.
Al final cuando terminaron las vacaciones se volvieron a San Sebastián de los Reyes.

Lucía elige también como protagonistas a sus amigas las vocales que un día deciden ir a una piscina, pero, cuando llegan, ven que se encuentra en obras.
Piden ayuda al libro de donde han salido, pero éste no le parece bien hacerlas caso.
Ellas deciden comenzar a limpiar y quitar los escombros de las obras pero se dan cuenta que no pueden.
El libro que las ve intenta ayudarlas. Ellas piden perdón por lo que han hecho y él también pidió perdón por no haberlas querido ayudar.
Después de algunas aventuras entre el libro y las vocales, la obra de la piscina se arregla, la llenan de agua y se bañan felices y contentas.

Sandro eligió para su cuento, un libro que cuando estaba paseando, cayó una tormenta y se mojó de arriba abajo y se le cayeron sus letras.
Un señor, que se dio cuenta, las fue recogiendo porque las necesitaba para escribir un libro.
Las letras que quedaron libres hicieron un plan para poder encontrar al señor y volver a poner las letras cada una en su lugar,
En el desarrollo del cuento sucedieron muchas aventuras.
Tenían que buscar el libro que, mojado, se había refugiado en una biblioteca. Pero ellas no sabían qué biblioteca era.
Tenían que buscar también al señor que viajaba mucho de una parte a otra…
Al final encontraron al señor sentado en una mesa con las letras que había cogido.
Se las quitaron y las volvieron a colocar en el libro que encontraron en la biblioteca de un colegio y…colorín colorado


El cuento de DAVID T, trata de las vocales que se fueron de un libro que se titulaba EL PIRATA GARRAPATA.
Todos los niños querían leerlo pero no podían.
Se habían escapado a un parque vecino del colegio.
El libro salió a buscarlas.
Pasaron muchas horas y no las encontraba. Salió del parque y caminó por las calles y de nuevo volvió al parque donde se sentó cansado.
Por la noche volvió a su estantería para pasar la noche.
Al día siguiente volvió de nuevo y fue encontrando poco a poco a todas las letras que, con el libro, decidieron volver al colegio.


Todos los niños y niñas de 4º curso de Primaria, terminó el cuento la abuela, leyeron en casa su cuento y sintieron gran alegría porque se había cumplido su sueño y porque ahora pensaban: “ya somos “cuentistas” porque hemos escrito nuestro primer cuento”.

Y colorin colorado el resumen de los cuentos de 4º se ha acabado.


- Y ¿cómo terminaban sus cuentos?, preguntó el nieto a la abuela.
- Como a ti te gusta que terminen los cuentos.
- Y ¿volvieron a escribir más cuentos?
- Claro que escribieron muchos más cuentos, todos como los nuestros.
- Y ¿cómo sabes que los niños y las niñas del cuento escribieron más cuentos?
- Porque soy un poco “adivina” y además, porque cuando te gusta escribir y has escrito lo primero, aunque sigas y sigas y sigas, nunca ves “el vaso lleno”.
- Y ¿a esos niños les podemos llamar “cuentistas”?
- “Cuentistas” por lo de cuento y “escritores” por otras cosas que, como “adivina”, también sé que escribieron.
- Y yo, ¿cuándo escribiré un cuento?
- Desde hoy podrás escribir tu primer cuento, como los niños y niñas de 4º lo escribieron.
- Pues mañana comenzaré mi cuento
- Y yo te ayudaré hacerlo, dijo sonriendo la abuela a su nieto, porque leer y escribir son dos cosas que llevamos dentro y sólo cuando las ponemos en práctica, vemos realizado el sueño.




domingo, 20 de mayo de 2007

CUENTO 2 : "S.O.S" EN EL PLANETA TIERRA

PRESENTACIÓN

- Abuela, ¿cómo eran los cuentos cuando tú eras pequeña?

- Los cuentos siempre han sido cuentos. Los que yo ahora te cuento y los que a mí me contaba mi abuela.

- Y, ¿a tu abuela también le contaban cuentos, como los que tú me cuentas?

- ¡Claro! A mi abuela y a su abuela.
A todas nos han contado cuentos como los que a ti tanto te gusta que te cuente la abuela.

- Y, ¿también comenzaban por eso los cuentos de tu abuela?

- Comenzaban también por eso, como ahora comienzan.

- Pues, cuéntame un cuento de los que tu recuerdas que contaban a tu abuela.

- Te contaré un cuento, que me contó mi abuela y que también me dijo se lo había contado su abuela.

- ¡Qué bien! Me vas a contar un cuento de las tres abuelas

Había una vez, hace muchísimos años, comenzó la abuela el cuento, un planeta llamado Tierra.
Estaba formado de inmensas extensiones de tierra fértil, océanos y mares ricos en peces y ligeras capas de aire que formaba la atmósfera.
Su fauna abundante y su flora variada adornaban cada una de las estaciones solares, dando brillo y creando un bonito paisaje.
Altas montañas decoradas de bosques frondosos.
Largos y desiertos cubiertos de dunas y salpicados de oasis.
Laderas y valles. Llanuras y mesetas.
Estepas, tundras, praderas y sabanas... era todo un conjunto del relieve armonioso que tenía la Tierra.
Sus agua fluviales transcurrían cristalinas.
Sus mares y océanos, azulados, cubrían las tierras continentales y sus capas de atmósfera, adornadas con nubes blanquecinas, dejaban entrever, con gran nitidez, los espacios aéreos.

Grandes flotas de barcos y aviones, surcaban los mares y sobrevolaban sus espacios siderales.

El hombre habitaba en este Planeta Tierra.

En él había nacido, había crecido y se había desarrollado.
De sus campos se alimentaba, con sus aguas supervivía y del subsuelo de los bosques, de los océanos y desiertos, sacaba la materia prima con la que construía nuevos productos y materiales.

De norte a sur y de este a oeste fue poblando el Planeta Tierra.

Construyó casas, edificó ciudades y creó espacios habitados, donde fue dejando su cultura, sus costumbres y sus formas.

Un día, siguió contando la abuela, después de miles de años de habitar la Tierra, el hombre comenzó a viajar por los espacios aéreos conocidos.

Construyó naves espaciales y, poco a poco, fue descubriendo nuevos planetas.

Primero fueron viajes experimentales, más tarde de ensayo y observación y, finalmente, fueron convirtiéndose en viajes de recreo y estancias permanentes.

Las riquezas descubiertas en el Planeta Marte, el rico subsuelo del Planeta Venus y la exuberante vegetación del planeta Júpiter le hicieron ver ante sus ojos, unos lugares novedosos y propicios para su desarrollo económico y turístico.

Personas aisladas y familias completas fueron asentándose en el espacio exterior, haciendo que la Tierra, finalmente, quedara deshabitada.

Las ciudades dejaron de existir y en los nuevos planetas se construyeron ciudades aéreas, comunicadas con naves espaciales, controladas con rayos láser y dirigidas por radars ultrasónicos.

Los habitantes de la Tierra habían dejado, definitivamente, su Planeta y se habían instalado en distintos lugares de los espacios extraterrestres.

Los barcos, los aviones, los coches, las bicicletas y las motos pasaron a ser el recuerdo guardado en preciosos museos.

Las ciudades con sus calles, sus aceras, sus cruces y semáforos pasaron a ser, también, otros recuerdos guardados en fotos, murales, videos y ordenadores.


Rodeada de Cúmulos, habitaba la familia de los Meyers.

Originarios de la parte occidental de la Tierra se había instalado en el Planeta Venus y a su alrededor habían creado cientos de agencias con el ánimo de fomentar los viajes por distintos lugares del espacio.

Emparentados con los Meyers, vivían, muy próximos a ellos, los Royers.
Su trabajo, basado en el estudio de la velocidad, les había llevado a la creación de una gran cadena de laboratorios de electro dinámica, pasando posteriormente al diseño y futura realización de naves espaciales.

En medio de Nimbos se había aposentado la familia Kalotu.
Sus antecesores eran originarios de la zona más oriental del planeta Tierra.
Por sus experimentos sobre las partículas más diminutas de la estratosfera, eran señalados con el sobrenombre de Dimikalotus.

También era muy conocida la familia Ninfo.
Vivían en los alrededores de unos Cirros que se movían, con facilidad, al vaivén de los vientos.
Su afán por el estudio de la mitología les había llevado a instalarse en medio del espacio, rodeados de la más avanzada tecnología donde controlaba, con gran facilidad, y en un solo punto, todo el espacio terrestre, aéreo y acuático del lejano Planeta Tierra.

Cada mañana, y al final de la tarde, cuando la última estrella dejaba de dar luz a su alrededor, la familia Ninfo se agolpaba en torno a sus telescopios para mirar y observar en el lejano Planeta Tierra, las grandes superficies de bosques, las planicies desérticas y las inmensas extensiones de océanos, mares y ríos.
Eran los momentos más adecuados, decía el padre de familia, para lo observación y el trabajo en la mitología.

Las ninfas, diosas de la fecundidad, salían de los bosques y caminaban entre las montañas y los valles.

Las sirenas y las nereidas asomaban sus cuerpos en medio de los acantilados y las oceánides y crisálidas paseaban y se divertían en las horas crepusculares.

En medio de estas observaciones del Planeta Tierra, la familia Ninfo, pudo ver cómo el dios de los dioses se reunía en medio de los océanos del Planeta Tierra.

Con él estaban el dios de los bosques.
El dios de la atmósfera.
El dios de las aguas.
El dios de los desiertos y el dios de los alturas.

- ¡Silencio! dijo el padre dirigiéndose a sus hijos e indicando el lugar donde tenían que poner su telescopio.
¡Escuchad!.
Los dioses están reunidos.
El tema debe ser muy importante porque son muchos los que han acudido.
¡Fijaos!. Están en asamblea.

- Y eso, ¿qué quiere decir?, preguntó el más pequeño de la familia.

- Quiere decir que todos van a poder opinar. El dios de los dioses, explicó el padre, escuchará a todos y al final se buscará una solución.

- Pero ¿de qué tema van hablar? preguntó el hijo mayor.

-¡Silencio!, volvió a decir el padre.
Si escuchamos, quizá podremos seguir su conversación.

-Nuestra vida, comenzó hablando el dios de los bosque no ha cambiado para nada.

-Hace mucho que el hombre no habita con nosotros.
Ya no tala árboles, ni quema nuestros bosques, pero cada día llueve sobre nosotros partículas diminutas que asfixian nuestros pulmones.
-Es verdad, intervino el dios de la aguas. En un principio la ausencia del hombre llenó de alegría a toda la superficie y profundidades de nuestras aguas. Pero ha durado muy poco. Las corrientes internas de las aguas marinas, las olas de su superficie y los grandes manantiales de los ríos se van muriendo poco a poco.
Unas ondas magnéticas paralizan nuestros movimientos.
Cuando el hombre vivía con nosotros existía de vez en cuando lo que ellos llamaban catástrofes.
Grandes terremotos y veloces tornados destruyeron más de una ciudad dejando, a su paso la desolación.
¿Habéis oído en todo este tiempo que haya habido alguna catástrofe?
No.
Todo parece tranquilo.

-¡Parece!, le cortó el dios del desierto.
-Pero no es así, siguió su intervención el dios de las aguas.
La apariencia es externa, pero poco a poco nuestras aguas están más contaminadas.
-Y nuestro bosque va muriéndose. -Y nuestras tierras empobreciéndose.
-¡Bueno, bueno!, intervino el dios de los dioses.
He oído vuestra exposición y he comprendido vuestro problema.

-Pero, hay que dar una solución, si no queremos desaparecer, insistió el dios del desierto.

-Daremos una solución, concluyó el dios de los dioses, mientras daba por terminada la reunión.

-Pero ¿qué piensas hacer?, preguntó preocupado el dios de los bosques.

El dios de los dioses no respondió.
Durante un momento estuvo pensativo.
Su cabeza baja hizo guardar silencio a todos los asistentes mientras esperaban la respuesta.

-Comunicaré, dijo el dios de los dioses, vuestras quejas al padre de los Ninfos.
En sueños le haré ver la realidad de nuestro problema. Nadie mejor que él, podrá comprender nuestra situación.

La familia de los Ninfo vio cómo la asamblea terminaba y los dioses se despedían. Sin embargo interferencias en la audición habían impedido seguir el comentario de los dioses.

De las palabras y frases entrecortadas que les había llegado, toda la familia sabía que entre los dioses del Planeta Tierra había un problema.

-Hay un problema en la Tierra, dijo uno de los hijos de la familia, pero no sabemos muy bien cual es.
Las expresiones y los gestos de los dioses reflejaban claramente su preocupación y a la vez su enfado.

-Claro que hay un problema, reafirmó el padre y debemos seguir observando.

Los dioses han hablado de tierra empobrecida y aguas contaminadas.

Mañana, a la hora del crepúsculo, como siempre, seguiremos observando, repitió el padre, mientras recogió su telescopio.

Esa noche, siguió contando la abuela, el padre de los Ninfos se acostó pensativo y preocupado. Tardó mucho en dormirse, pero al final rendido por el trabajo cayó en un sueño profundo que duró muy poco.
Pronto se interpuso entre su mente y el sueño la imagen del dios de los dioses.
En sus manos sostenía una cortina de humo en la que se podían ver, en medio de una nebulosa, imágenes de bosques empobrecidos, aguas contaminadas y a lo lejos, murmullos silenciosos y quejidos lastimeros.
El padre de los Ninfos quedó asombrado ante lo que veía.
En sueños se restregaba los ojos. Quería ver con claridad las imágenes pero un humo espeso se lo impedía.
En un momento del sueño, cuando el dios de los dioses pronunció su nombre, el padre de los Ninfos dio un grito y se despertó.

- Me han llamado, pensó.
De nuevo se restregó los ojos, pero no vio nada.
Sentado en la cama, recordó lo que habían oído en la asamblea el día anterior mientras miraba a su alrededor.

- ¡Qué pesadilla! susurró.

Ha sido un sueño, volvió a pensar, pero el dios de los dioses me lo ha dicho muy claro.
Por la mañana, el padre, reunió a todos sus hijos.
Estaba nervioso y preocupado.
Su familia tenía que saberlo.

-El Planeta Tierra está en peligro, dijo cuando vio a todos reunidos.

He tenido un sueño en el que el dios de los dioses me ha mostrado todo:
Grandes extensiones de bosques desgastados por partículas contaminantes.
Aguas en las que van desapareciendo la vida y atmósfera envuelta en una densa capa de gases que asfixia a toda la fauna y flora.
Es nuestro antiguo planeta y no podemos permitir que se deteriore.

La familia escuchó con atención las explicaciones del padre.
Nadie se atrevió a preguntar. Tampoco quiso cortar su explicación. Por esto, cuando terminó, todos guardaron silencio.

La abuela, también guardó silencio cuando llegó este momento.
Miró con alegría cómo su nieto le seguía con atención, mientras de su boca salía una sonrisa de satisfacción.

-¿Por qué te sonríes?, preguntó el nieto.

-Me sonrío, dijo la abuela, porque no quiero que estés triste por el problema del Planeta Tierra. El cuento tiene un final feliz.

- ¿Cómo termina el cuento? volvió a preguntar el nieto

El padre de los Ninfos, resumió la abuela el cuento, reunió a todas las familias de los otros planetas.
Juntos, decidieron que la familia Kalotus construyera en su laboratorio una gran red neutronal.
Con ella cubrieron todo el Planeta Tierra, no permitiendo que los gases ni las partículas exteriores pudieran perjudicar su vida. - Y los dioses ¿qué hicieron?

- Primero, dijo la abuela, agradecieron a las familias de los otros planetas todo lo que habían hecho por ellos y después celebraron una fiesta.

Desde arriba, fueron observados por las familias de los Ninfos, de los Meyers, de los Royers y de los Kalotus y todos juntos se felicitaron, con alegría, al ver que, en el Planeta Tierra, las ninfas jugaban y divertían en los bosques, las sirenas, las nereidas y las oceánides chapoteaban en las aguas de los océanos y los dioses, mirando la gran red, saludaban a sus amigos de otros Planetas.

Y...dijo la abuela mirando a su nieto, colorín colorado este cuento, se ha acabado.

martes, 8 de mayo de 2007

CUENTO 1: GUSTAVO "EL JOVEN COMPOSITOR"

PRESENTACIÓN


-Cuéntame un cuento, abuela, que comience por eso.

-Dime, ¿qué quieres decir cuando dices que te cuente un cuento que comience por eso?

-Pues que comience por las mismas palabras por las que tú me cuentas los cuentos.

-Con
había una vez y érase una vez”, comienzo yo los cuentos.

-Con esas palabras quiero decir, cuando te digo, que me cuentes un cuento que comience por eso.

-Yo te contaré un cuento, pero también quiero saber de qué quieres que te cuente el cuento que comience por eso.
-Cuéntamelo de lo que quieras.
A mí me gustan los cuentos.

Si es así, te contaré uno muy bonito que comienza por eso.


Érase una vez, comenzó la abuela el cuento, un joven compositor muy famoso llamado Gustavo.

Su deseo de
paz y tranquilidad, le habían llevado a retirarse, en medio de un bosque, separado del bullicio de le gente.
Mojando su pluma en el tintero, sacaba las notas musicales y, con su trazo de artista, las iba dibujando, en pentagramas, hasta dar forma a su obra.



Durante el día, ensayaba en su piano y, en el silencio de la noche componía pequeñas y grandes partituras.
Para Gustavo, las notas musicales eran como siete reinas magas, nacidas en un bosque encantado, con las que, haciendo juegos, se entretenía.
Subía y bajaba de línea a unas o colocaba seguidas a tres.
Si trabajaba entre dos líneas, dibujaba siempre RE o DO y si era sólo una línea, escogía a MI, SOL y SI.
Junto a las notas, había otros signos que, Gustavo, también escribía.
Eran, según él, otros magos, familiares de las siete reinas magas, que siempre les acompañaban

Bemol, era el más altanero.
Le agradaban los tonos altos y, cuando se juntaba a las notas, las obligaba a dar un salto.

Sostenido, era más bien reservado.

Cuando acompañaba a las notas, bajaba siempre su voz.

Becuadro. Ni retraído, ni altanero.

Era, de los tres primos, el que guardaba el término medio.

Calderón, era un primo lejano que participaba en la función y mantenía fija la nota cuando quería el compositor.

Puntillo, era un poco perezoso y remolón.

Siempre que aparecía daba a todas las notas un poco de animación.

Dos Puntillos, eran los primos gemelos que estaban siempre al final.

Cuando ellos aparecían, había que comenzar.

Con ellos también jugaba Gustavo en el pentagrama.

Subía el tono a SOL o se lo bajaba a RE.
Mantenía el sonido a LA o se lo mandaba repetir a MI.

A diario salía a dar un paseo por el bosque.
En medio del silencio, escuchaba el canto de las aves y el sonido del resto de los animales.
Tomaba apuntes y, en casa, utilizaba las notas musicales para reproducirlo.



Gustavo era feliz con su trabajo.
Una pluma, un tintero y muchos pentagramas hacían la vida alegre al compositor del bosque.

Una noche, en la que el famoso compositor no se quedó a trabajar, todas las notas musicales y sus ayudantes salieron del tintero.


Corretearon por la mesa, se sentaron en el sofá, saltaron por la alfombra y al final jugueteando, salpicaron su
s nombres sobre todo el pentagrama.

A la mañana siguiente, cuando Gustavo se sentó en la mesa, llevó una gran sorpresa.
Los pentagramas, que él había dejado la noche anterior, estaban llenos de notas y signos musicales.

Algún mago, pensó el joven compositor, ha entrado por la noche y ha escrito toda esta partitura.

Corrió al piano, se sentó en el butacón rojo y comenzó a pasar las manos por el teclado, siguiendo los pentagramas.
- ¡Es maravilloso!, dijo en voz alta Gustavo.

Emocionado siguió hasta el final de la partitura y, al terminar, miró a su alrededor.
No había nadie, pero en su interior siguió pensando en un mago o un duende que, por la noche, había entrado en su casa.

Aquella mañana, en su paseo por el bosque, no se paró a escuchar los trinos de las aves, ni los sonidos de los animales.
Buscaba al duende que había escrito aquella obra maravillosa sobre los pentagramas de su mesa.
Miraba detenidamente las copas de los árboles, se fijaba en cada una de sus ramas y de vez en cuando, parado, rebuscaba entre los troncos de olmos o en la corteza de los alcornoques.
Pero no había nadie.
Cuando llegó casa, volvió a ver aquella composición maravillosa.

-Los duendes, pensó Gustavo, trabajan por la noche. Hoy me quedaré vigilando.

Sentado en el sillón de su habitación, miraba a una parte y otra esperando que un ruido le llevara a ver al mago de las notas musicales.
Pero estaba cansado.
Había paseado mucho buscando al duende compositor y pasadas unas horas quedó dormido encima de la mesa.

Las notas que se dieron cuenta volvieron a salir del tintero.
De nuevo corretearon por la mesa salpicando sobre los pentagramas sus dibujos de tinta negra.

Poco antes de amanecer, una de las notas, dijo a sus compañeras que debían retirarse.
Podía despertar Gustavo y darse cuenta de lo que estaban haciendo.
Nadie hizo caso.
Los momentos alegres que estaban pasando no querían que se terminaran.
- ¿Por qué no jugamos al “salto y digo”?, dijo la nota RE.

(Cada nota tenía que decir una frase, mientras saltaba a la cuerda sobre los pentagramas).

- Yo soy la letra de los DOnes y de las DOñas.
- Y yo la nota más REsponsable
- Yo soy la letra más MImosa
- Y yo la letra más FAmiliar
- Pues yo soy la letra del astro SOL.

Poco a poco fueron pasando todas.
Cuando el juego había terminado los DOS PUNTILLOS se colocaron al final del pentagrama y todas volvieron a repetir el juego,
Pero no les dio tiempo.
Gustavo había despertado.
Se puso las gafas y no podía creer lo que veía.

- ¡Mis reinas magas y los magos acompañantes!, dijo lleno de asombro.

Despierto, siguió recostado en el sillón, mientras veía cómo las notas musicales corrían a esconderse en el tintero.

No se ha dado cuenta, comentaron todas, dentro del tintero.

Después de lo que había visto, Gustavo ya no tenía dudas.
El duende compositor no estaba en el bosque.
Eran las siete reinas magas y sus ayudantes las que componían por la noche.

En adelante, decidió hacerse el dormido.

Recostado en el sillón se entretenía viendo cómo sus amigas se divertían alegremente y, por las mañanas, ensayaba las partituras que las notas musicales habían trabajado por la noche.

Las partituras de Gustavo se hicieron famosas y su nombre fue reconocido por todos los músicos de alrededor.
De todas las partes le llegaban encargos.

Un día recibió el premio “a la obra más abundante”.

En medio de aplausos y alabanzas fue felicitado por todos los participantes.
Cuando llegó casa, colocó el diploma que le habían entregado, junto al tintero.
Una nota a su lado decía; “Para mis amigas las siete reinas magas y sus acompañantes”.

Quería que, cuando salieran por la noche, se dieran cuenta que aquel diploma era también su premio.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.